Salud Mental: Carta Abierta a la Defensoría del Pueblo de Río Negro

Columna de Yago Di Nella. La Defensoría del Pueblo de Río Negro crea el necesario Órgano de Revisión en materia de Salud Mental, pero inusitadamente con cargos de primera para médicos y de segunda para el resto de los profesionales. Acá mi respuesta en una carta abierta.

Carta Abierta

20 de julio de 2019

Estimada Defensora:

Me dirijo a usted, con todo respeto y con el único fin de aportar a una verdadera democracia institucional en pos del cumplimiento del espíritu de la Ley Nacional de Salud Mental de la nación. 

Antes que nada deseo aclarar que aplaudo ferviente la iniciativa de crear el instituto innovador del Organo de Revisión a nivel provincial, lo cual debería constituir una genuina revolución en el Campo donde se aplique su misión. 

Sin embargo, motiva la presente un hecho que considero inaudito, que no he visto en la historia de los Organos de Revisión en los que conozco o me ha tocado participar, asesorando o capacitando su personal. Y llevo unos cuantos. No en mi provincia, donde ocurre –al menos conmigo- aquello de “nadie es profeta en su tierra”. 

Pero antes de avanzar, deseo poner de relieve algunos aspectos históricos personales y fundacionales de la Ley Nacional de Salud Mental, que considero dignos de poner en su conocimiento. 

Desarrollo estas líneas como habitante rionegrino, nacido y criado en esta ciudad donde funcionaría el Órgano de Revisión a su cargo, en Viedma. Me crie en esta margen del Río, nadando, remando, navegando y pescando en el mismo y a poco de comenzar la escolaridad secundaria en el entonces Colegio Nacional Nº 8 supe que me dedicaría a la psicología social. Cursé desde 1989 la carrera de psicología en la UNLP. Mis padres debieron hacer un gran esfuerzo para sostenerme junto a mis hermanos menores, también ávidos estudiantes. Mi padre albañil; mi madre maestra, tuvieron que lidiar con momentos duros. Eramos la generación del retorno de la democracia; pero además éramos los retoños de una familia golpeada por la Dictadura, con (auto) exiliados y desaparecidos, con una mochila familiar cargada de dolor y falta de cuerpos secuestrados por un Estado terrorista, que aterraba así. Nuestra vida estudiantil nos era insuficiente. Conformamos agrupaciones estudiantiles. Luego nos hicimos parte de las Comisiones por la Memoria, aún siendo estudiantes, en nuestras Facultades, los tres hermanos cada une en la suya. Lloramos juntos frente a las placas recordatorias, en días de historización rememorante. Y seguimos adelante con la misión del legado por luchar por un mundo algo más justo.

Sobrevivimos las épocas de zozobra de un gobierno provincial que dejó sin sueldo durante 6 meses a la población. Y por entonces era docente universitario, a mediados de los 90. Cobraba 60 pesos, hoy 60 dólares. Con eso y una encomienda mensual que iba por micro “Mansilla” sobrevivía. También dictaba clases particulares de las materias que me hacían sentir firme, a entumecidos cerebros de estudiantes de años ya por mí cursados y aprobados. Comíamos arroz y menudos (cuasi regalados por la pollería más cercana) casi todos los días, salvo cuando llegaba encomienda. En medio de ese contexto comencé a trabajar por primera vez en la comprometida tarea cotidiana de sacar pacientes cronificados por el Estado en manicomios. Tenía 22 años. Cursaba mi último año de psicología. Mi cabeza hervía de ideas y ganas de romper todo, de cambiar cada cosa a mi alrededor. No nos conformaba nada, pero nada. 

A los pocos meses conformamos un grupo, el primero, en mi caso, con el cual comenzamos poco a poco a externar pacientes del hospicio llamado Hospital Neuropsiquiátrico Melchor Romero. Un eufemismo de manicomio, el más grande del país y uno de los más añejos. Antes de eso, en el siglo XIX había sido un leprosario, fijese. 

Desde mediados de los años `90 buscamos (como equipo amplio) formas de declarar ilegal la práctica manicomial del encierro indefinido. Nos encontramos con incontables otros grupos. En una de esas ocasiones fue en Viedma, en la Primer Conferencia Nacional de Salud Mental de la Argentina, realizada acá, en el Centro Cultural Municipal. Año 1994, creo. Siendo dirigente estudiantil de base, organizamos 2 micros repletos de estudiantes y graduados y nos vinimos desde La Plata. Tuvimos apoyos varios, y nos dimos un chapuzón de realidad junto a compañeres de todo el país. 

Volvimos con los bolsillos llenos de revolución en el campo de la Salud Mental. Y así fue para mí también. A los 24 años estaba ya graduado (quizá gracias a este impulso desmanicomializante) vaciando salas de hospicios, me dedicaba a eso, junto a otros –claro, no se hace solo/a-, de todas las carreras y todos los pelajes. Buscábamos lugares en la comunidad, sean propios del paciente u otros recursos, y los acompañábamos, todos y cada uno de los días. Nada de esas ideas lúgubres de dejarlos solos o tirarlos a la calle. Uno de los miembros de ese equipo (entre tantos otros) es hoy decano de la Facultad de Psicología de la UNLP. Xavier Oñativia, quien no me dejaría mentir, porque hasta las mañas me sacaba. No fue tan difícil, porque éramos muchos los desmanicomializadores y estábamos organizados. Y teníamos un prócer supervisándonos. Era mucha ventaja. 

Nuestro maestro en esta historia (porque siempre los hay), nos enseñó algo, que referenciaba en Artigas: “naide es más que naide”, decía Juan Carlos Domínguez Lostaló. En estos temas (la salud mental comunitaria) sólo se puede trabajar si hay democracia al interior de los equipos, nos recalcaba. Y nos obligaba a ejercerlo. ¿Cómo dirá usted? (supongo que sigue leyendo…) Primeramente incorporando a la noción de “equipo” a TODO el personal: enfermeras/os, maestranzas, de mantenimiento, de cocina, de seguridad e higiene, etc. todos y cada uno de los seres que trabajan, pululan o habitan el manicomio (o cualquier instancia de salud mental) debían incorporarse al equipo. A ese dispositivo le llamaba Asamblea. Si había seres “sin palabra” entonces no lo era, pues sólo nos habilitaba al uso del término si todos tenían la opción (aunque nunca o casi nunca la usaren) de dar su voz, de plantear su pensamiento u opinión. Cada palabra tenía el valor de la misma, una. 

Viendo cómo ha conformado “su” Organo de Revisión, veo complejo este mecanismo democratizante de la palabra, pero no nos adelantemos; hay más. 

Pero para peor, este buen señor psicoanalista (en lo) social (formado en el núcleo del grupo del Dr. Enrique Pichón Rivière en la década del 50 y 60) al que nombrábamos cariñosamente como “el viejo”, porque lo era profesionalmente para todos quienes lo seguíamos en sus locuras participativas, ese ser “padre”, nos decía que parte del equipo de salud mental es el núcleo familiar del paciente, y si se lo apretaba un poco, incluía hasta los amigos, exparejas y (ex) compañeros de trabajo. Todos ellos debían ser parte de ese gran equipo reintegrador del sujeto en la comunidad. Aquello que lo había confinado al hospicio era efecto de fallas en todos esos sostenes emocionales y afectivos. 

Externamos decenas y decenas de personas, las cuales habían vivido injustamente durante años o décadas en hospicios, donde perdían salud, dientes, vínculos, psiquis y –sobre todo- dignidad, solamente porque el Estado no generaba mecanismos alternativos al encierro como política pública. Nunca se nos murió ninguno. Nunca quedó nadie tirado. Jamás tuvimos ni el más mínimo incidente con ellos. Todos los problemas eran con la parte conservadora del personal del manicomio, quienes se negaban a que vivan en la comunidad. Eran “sus” pacientes. Su pertenencia. El objeto paciente estaba siendo liberado y era inaceptable. Nos odiaban, nos aborrecían. Nos acusaban de cuanto se le ocurra: éramos –para ellos- desalmados, drogadictos, anarquistas, asistencialistas, locos, mitómanos, megalómanos, etc., etc. Esas acusaciones eran un faro para nosotros, porque sabíamos que esas cargas estigmáticas se estaban desplazando desde los pacientes hacia nosotros. Era lo correcto, lo esperado. Sólo éramos desmanicomializadores, y no lo soportaban.  

Años después de estas experiencias se forjó en nosotros una idea nodal: nada es imposible en materia de salud mental comunitaria. Siempre hay algo por hacer, por armar, por construir para que todos y cada une de nosotres viva dignamente. Por complicado que eso parezca. Devolver la palabra y restituir identidad, es el primer paso, para la reconstrucción de eso que pomposamente llaman las normativas de derechos humanos: LA DIGNIDAD HUMANA. Nunca más, arrugamos frente al dolor psíquico. El viejo nos había clavado una daga ponzoñosa: la del “poder hacer”. Nos había enseñado en acción que el “no se puede” de la resignación, es una derrota inaceptable para una salud mental comunitaria, para todas y todos. Eso nos enseñó en acto; nos lo enseñó, del mejor modo, haciendo salud mental. No lo enseñó dando discursos. Tampoco haciendo un ranking de profesiones más o menos importantes, sino por el contrario, haciendo de la igualdad de la palabra un emblema de la democracia de los equipos. 

Avanzo un poco en el tiempo y me meto en la cocina de la Ley Nacional de Salud Mental. Desde la caída del gobierno radical en 2001, comenzaron a pulular proyectos de ley en la materia. Vi varios, porque me tocaba en ese tiempo estar trabajando en el la intersección entre Salud mental y Derechos Humanos, desde la Secretaria de Derechos Humanos de la Nación. Corría el año 2005 y ví dos proyectos bien armados, pero sin apoyo ni consenso. Uno era de la diputada Marta De Brasi. El otro de la senadora Marita Perceval. Me tocó opinar técnicamente sobre ambos. Tanto queríamos una ley, nacional, que sabiendo que resultaban insuficientes, apoyamos esos dos proyectos con dictámenes favorables, bajo la idea de que sería un gran avance, aún siendo poco precisos y de forma. No incluían presupuesto ni eran restrictivos respecto al ejercicio del poder médico, ni tampoco exigían crear dispositivos sustitutivos. No concretamente. Pero los bancamos. Y perdimos. No avanzaron ni con una media sanción, Nada. Era derrota, sin jugar. Pero no nos sentimos abatidos. 

En el año 2006 creamos un foro nacional, donde participaban todos los ministerios nacionales involucrados, la OPS-OMS, un especialista de la CSJ de la nación (el maestro Jorge Alfredo Kraut), el INADI, el CELS, y posteriormente convocamos a las organizaciones nacionales de familiares y pacientes. Y a las universidades y colegios profesionales. Todos ahí sentados a la misma mesa, cada 15 días. Y le pusimos: MESA FEDERAL DE SALUD MENTAL, JUSTICIA Y DERECHOS HUMANOS. Porque incorporamos a todas las direcciones de salud mental de las provincias. A pura prepotencia de trabajo me constituí en uno de sus motores. Y me designaron a cargo de un programa que llevaba casi el mismo nombre en el ámbito de la mencionada Sec. de DD.HH. No se imagina lo marginal que era ahí. Junto a dos colegas que recuerdo con cariño, Malena Arriagada y Carlos Herbón, y con el apoyo de una colega psiquiatra. Recorrimos todo el país en ese año 2006 haciendo coloquios regionales. Todos decían más o menos esto:

• Basta de encierro como política de salud mental (sea o no con manicomios públicos o privados, según la provincia). 

• Necesitamos una ley o un marco legal que aúne los derechos humanos consagrados en la Constitución de 1994 con el contexto de las políticas públicas de Salud Mental. 

• Es imperioso democratizar el campo de la salud mental restringiendo el poder médico hegemónico. 

• Es fundamental jerarquizar la salud mental dentro de las políticas de salud pública, ya no como la sirvienta del sistema, sino como un componente sustancial del sistema sanitario. 

Llevamos estas conclusiones a nuestras respectivas autoridades. Y nada. Nos agradecieron el esfuerzo y nos pidieron que esperemos el momento. Ya llegaría. Que sigamos, que faltaba hacer antes otras cosas, más prioritarias. 

Y en el año 2008 un diputado nacional satelital, casi marginal, de la provincia más joven del país, de Tierra del Fuego, presenta un nuevo proyecto de Ley. Los otros estaban casi muertos, los dos a punto de perder estado parlamentario. Lo giraron a los ministerios para que lo engrosemos. Lo tomó la ya citada Mesa Federal y nos repartimos sus incipientes capítulos. Podría hacerle un libro solo sobre este momento. Si es que sigue acá, le adelanto que lo haré algún día, pero no ahora. Nos repartimos los capítulos del proyecto para hacer contribuciones. El autor estaba abierto a todos los aportes que se consideraran pertinentes. Como notará evidente, la organización que mi persona representaba tomó el capítulo inicial de los derechos de los pacientes. Y luego debimos incorporar otro, a pedido y propuesta de la OPS-OMS. El llamado ya por entonces Organo Revisión. Ellos fueron quienes trajeron la idea. 

Era tan novedosa la propuesta de un organismo extrapoder que supervisara los sistemas públicos y privados de salud mental, que tuvimos que hacer un evento al efecto. No solamente para profundizar en el tema, sino sobre todo para convencer a los diversos integrantes de esa Mesa Federal, sobre su conveniencia y misiones posibles. Y organizamos un Encuentro con un invitado de lujo que vino desde la oficina central de la OPS-OMS, un abogado que venía hace muchos años trabajando el tema de los Órganos de Revisión como herramienta para controlar la legalidad de las internaciones (más aún las involuntarias) en todo el continente: el Dr. Javier Vázquez. Y luego vinieron otros dos aún más capos que él. El Dr. Benedetto Saraceno y el Dr. Levav (por entonces ya retirado, pero sin poder dejar de despuntar el vicio). Todos nos insistieron en tres aspectos irrenunciables y complementarios: para ellos era fundamental que la ley incluya 

a) un Organo de Revisión

b) Que sea extrapoder

c) Que sea democrático

Y entonces fuimos a por eso y así fue que se incluyó todo un capítulo sobre el tema. Esa es la pre-historia de la inclusión de este instituto. Hoy es indudable ese aporte, tanto que al sancionarse la ley, la OPS-OMS no dudó en difundirla como la ley de salud mental más avanzada del mundo. Pero me he adelantado. Vuelvo a la pelea por la sanción de la ley nacional. Seguramente mis compañeres de lucha podrían hacer innumerables menciones, exponer frondosos recuerdos y memorizar incontables anécdotas de estos tiempos. Fueron instancias de estrés máximo. Restringiré mi recuerdo a un aspecto que me interesa plantearle, siempre pensando en el motivo de estas líneas, que mantengo en cierto suspenso en la esperanza que me siga en el recorrido. 

Cuando el proyecto se presentó en la Cámara de Diputados firmado por unos cuantos congresales (ya no solo por Leonardo Gorbacz) y siendo uno de ellos el presidente de la comisión de Salud, contando además con el apoyo de todos los organismos que le nombré, más numerosas organizaciones profesionales, colegios y asociaciones, organismos de derechos humanos y de familiares de pacientes, se encendió el alerta máxima del poder médico hegemónico. Pero son como los gordos de la CGT. La velocidad no los caracteriza. Se movieron lento, se sintieron sobrados, poderosos, casi que distantes, y en esa suficiencia indolente se confiaron. Si bien vimos sus pasos de elefante, circulando por las salas contiguas a la Cámara de Diputados, recorriendo oficinas de asesores, sus pasos cansinos los llevaron a incidir cuando ya era tarde. Se aprobó por unanimidad. 

Festejamos por primera vez, esa media sanción en las afueras del Congreso, en la plaza, abrazados todos. 

Ahí sí se inició una batalla argumental que nunca jamás vi en el campo de la salud mental. Ni antes, ni después. Eran tiempos de debates sobre posibles leyes, pesadas todas, como la de matrimonio igualitario, la ratificación de la convención de los derechos de las personas con discapacidad y otras. Eran tiempos donde el Congreso de la nación legislaba para restituir o promover derechos, tiempos A. 

En esa época, allá por el año 2009 este grupo amorfo, polivalente y tan diverso que integraba esa mesa federal intersectorial, llegó a la idea de que no saldría la ley si no era desde el apuntalamiento del Ministerio de Salud, el cual hasta ese momento se mantenía titubeante, digo siendo moderado. Entonces los mismos autores del proyecto de ley consideraron que era momento de crear una Dirección Nacional y hacerla funcionar en consonancia con ese movimiento intersectorial. Y se pusieron en campaña. 

Siempre me tocaba el rol de escribir, como lo hago ahora. Y me pusieron junto a otras personas a redactar un proyecto de decreto para crear la dirección mencionada. Eramos tres, con muchas ideas y poca auto-restricciones. Pusimos una finalidad y 22 objetivos y como 50 metas. Y le asignamos un presupuesto estimado. Pero sólo queríamos estar ahí, para impulsar la sanción de una ley, la que quedaba con estado parlamentario y media sanción. 

Para noviembre de 2009 entregamos ese proyecto a la Jefatura de Gabinete, por entonces a cargo del Dr. Aníbal Fernández. Y le llevaron nuestro escrito borrador de decreto presidencial. No lo conocía personalmente ni a él ni a nadie de rango ministro. Por entonces era un técnico de la Sec. de DD.HH. de la nación y doncete universitario en la UNLP y en la UBA. Seguía externando pacientes de los hospicios desde programas de extensión comunitaria. A AF le interesaba el tema adicciones (donde había creado una comisión nacional de expertos que era muy activa) y –digamos- tangencialmente el asunto de la aberración manicomial. Y nos dio bola. Fueron los autores del proyecto de ley a verlo en su carácter de Diputados y se lo dejaron. Diciembre 2009, enero y febrero 2010 comimos ansiedad. Nada. Los diputados autores del proyecto eran mandato cumplido y se volvieron a sus provincias, sin ya esperanzas. 

A fines de febrero llama AF: “sale la dirección”. Reunión de urgencia en un bar céntrico. Todos se volvieron a sus lugares, pero vienen a la capi a resolver el asunto. En el cónclave se debe decidir quién se hace cargo. Nadie podía asumir esa dirección a punto de crearse. 

– Pibe, tenés que ir vos…

Me dice Sylvestre Begnis, para nosotros simplemente Canchi. Era el dandy más armado y cerrado que conocí en mi vida. El semblante de Conery y la voz firme y sabia de un “viejo Vizcacha”. 

Me negué una semana. Les pedí que se hicieran cargo ellos, y yo acompañaba desde dentro, asumiendo la coordinación del equipo técnico; función que conocía más. Pero no me creyeron, ni me tomaron en cuenta. 

Nos cita AF. Me llevan de las narices y me presentan como “el elegido”. Faltaba de fondo la canción de Silvio Rodríguez nomás. Era una redada, pues me llevaron con la frase: “ahí vemos qué sale”. Estaba presente la plana mayor de la OPS-OMS, que lo felicita por la decisión de crear la Dirección Nacional y me tiran laureles a mi “trayectoria”. Estaban arreglados los muy pillos. Delante de sus bigotes me niego nuevamente, re-propongo a uno de los autores, y él me corta feo y me inquiere mirándome firme a los ojos con ese fuego que tiene al hablar, con algo así: 

-pibe, ellos dicen que sos vos, y entonces sos vos; yo no tengo nadie para esto, y todos me dicen que el que puede hacer esta cosa sos vos, querés que saquemos la ley o no?

Fin de la resistencia. Aduje necesidad de apoyo, porque “del otro lado están los laboratorios y las corporaciones”. 

– Tu apoyo soy yo. Si tenés un problema me llamás y yo me encargo. Y punto. Si a mí me sacan, ahí si rajá. 

(y se ríen todos). Y así fue nomás. 

Un mes y medio después de ese encuentro, este viedmense, hijo de albañil y maestra, estudiante universitario en pleno neoliberalismo noventoso, a tracción de arroz con menudos, caído en una universidad pública y gratuita, la misma donde habían desaparecido a sus tíos unas décadas antes, entraba a Casa Rosada a buscar “su” decreto, el que había redactado en un bar céntrico de Buenos Aires meses antes y para otro, sin otro capital político y técnico que sacar “locos” de manicomios” hacia la comunidad, en dispositivos democráticos de enlace vincular mediante la creación de dispositivos sustitutivos al simple encierro. 

Y comenzó una permanente amansadora de presiones para voltearme, como medio para voltear el ímpetu del proyecto de ley. Y AF me sostuvo ante los múltiples pedidos de renuncia, de los cuales me enteré unos 10, pero habrán sido muchos más. En menos de dos años. Estaban realmente locos, estimada; estaban desatados. No soportaban la democracia que introducía el proyecto de ley. Alguna anécdota le dará dimensión. 

Me vinieron a ver al segundo día de asumido. Entraron, les ofrecí un café, me saludaron amablemente. Eran dos tipos de un laboratorio de raigambre francesa. Uno sacó un planisferio y me pidió le indique el lugar del mundo donde quisiera ir con mi familia. Y luego de un momento le señalé CABA y le dije: “necesito estar acá para ir seguido al Congreso”. Los tipos se fueron derecho a la oficina del Ministro a presentar una queja por maltrato. Fue la primera vez que llamaron a AF. Era mi segundo día a cargo de ese naciente espacio. 

Esos tipos no tienen piedad alguna. Por eso viven de la enfermedad, y por eso, es que están en nuestras antípodas. Al día siguiente vinieron de la asociación de psiquiatrías, la “más piola” de las dos entidades nacionales. Presidente y vice, dos profesores, bonachones y de buen trato, tipos respetables; trataron de negociar un proyecto de ley nuevo, que sacara todo lo concerniente a la democracia entre profesiones, a la igualdad entre las mismas. Se sentían ofendidos por los pasajes del proyecto que asimilaba la medicina o la psiquiatría a una herramienta más de las disciplinas de la salud mental. Era inadmisible. Pero eran tipos dignos, pues aunque me expusieron sus argumentos discriminatorios con leguaje académico que sustentaba la tesis de “la medicina es más que esas carreritas de ustedes”, al menos no me intentaron corromper. Se los agradecí explícitamente. Y se fueron. A dónde cree? Al despacho del ministro. Y otra vez piden mi renuncia. Era el tercer día como director. Y AF me sostuvo. 

De marzo a noviembre de 2010 fue así. En octubre se intensificó nuestro trabajo en la Cámara de Senadores. Si no se aprobaba el proyecto ese año perdería estado parlamentario. Estábamos contra las cuerdas. Las corporaciones médicas optaron por dilatar el proceso de debate, habiendo fracasado en las tácticas ya mencionadas arriba. Entonces se multiplicaron, pidiendo opinar en las audiencias públicas. Los tipos de golpe tenían 200 mil organizaciones de base, todas con espíritu de hablar en las audiencias públicas. Fue un infierno. Los senadores parecían tambalear, estimada. Cientos de psiquiatras diciendo que el proyecto era una porquería. Que se iban a morir todos los pacientes, que era un caos seguro, y para redondear lo resumo así: eran expresiones análogas o parecidas a las que se decían con respecto a la ley de divorcio o la de matrimonio igualitario. Rayos y centellas caerían sobre nuestro país y ocasionaría su eclosión completa. 

Pero logramos acotar las exposiciones y quedamos nosotros para la audiencia final. La OPS-OMS, el INADI, la Sec. De DD.HH., los autores de la ley y yo, como Director Nacional de SM. El día anterior a esa audiencia, ya entrado noviembre de 2010, nos reunimos en un restaurant situado enfrente al laburo, el Ministerio de Salud. Al pedir la cuenta, se acercan dos tipos. Eran uno de esos psiquiatras que habían atacado el proyecto, y otro impecable trajeado con maletín, como los de Matrix, obviamente de los laboratorios. Hasta por el olor se aprende a distinguirles. Habíamos quedado ahí, sin poder pagar para irnos. El mozo no venía. Se sientan, y dicen que negocian todo, toda la ley que les parecía un cachivache en su conjunto, pero a cambio de cambiar un sólo artículo, el que dice que todas las profesiones son iguales, el que las democratiza. Ese era inaceptable y debía retocarse. El tipo del laboratorio (alemán, esta vez) saca una chequera y pide el número. Así, directamente. Había que darle el número que necesitábamos para no ir a la audiencia al día siguiente. Solamente debíamos faltar. Era suficiente. Si el autor del proyecto con más llegada al Senado y el representante del Estado no iban, se caía, presumirían, supongo. Me acordé de todo lo hecho, las recorridas por el país, los pacientes, sus caras, las de mi familia soportando mis ausencias, las de mis viejos rezongándome que cuide el buen nombre, las de mis tíos, todo eso me acordé como dicen sucede en situaciones límite, y cuando iba a responder, salió antes al cruce el viejo Vizcacha y habló un rato sin decir mucho como en esos soliloquios de Cantinflas, pero claramente fue suficiente, porque los tipos se pararon y se fueron. 

Canchi pagó, salimos y afuera, me abrazó en silencio, agachándose porque era un tipo realmente gigante, y se hizo hacia atrás, me miró fijo luego con un “mañana va a ser peor, pibe, dormí bien y mantenete firme. No lo van a dejar acá”.

Me volví al Ministerio con las rodillas temblando. Y a que no sabe a quiénes vi entrar a la privada del Ministro? Bingo. 

Al día siguiente debíamos exponer en la última audiencia antes de bajar el proyecto al recinto. No sabíamos cómo iba el llamado poroteo de votos. Pero Canchi lucía muy seguro. Era el interlocutor de las bancadas más relevantes, porque era radical de FORJA y, por lo tanto, llegaba –a la vez- a los dos grupos mayoritarios de senadores. Cuando iba por Avenida de Mayo caminando – porque era imposible ir en auto- hacia el Senado me llaman por tel. desde el Ministerio. Mi directo superior, segundo del ministro, me comunica que “su jefe” ordenaba no asistir. Ooootra vez. Recordé a los tipos entrando. Me senté en un banco de hormigón, afuera de una librería libertaria que vende libros anarquistas (Ho paradoja!). Lo escuché. No lo podía creer. Tomé aire y le respondí algo que ya he contado en una viñeta, hace unos meses:

– Sólo acepto esa orden de la Presidenta de la Nación. Me nombró para este momento, me pusieron para hacer esto, sacar la ley, de modo que sólo me puede ordenar lo contrario ella, o a lo sumo AF. Mi intervención es dentro de una hora. 

– Usted sabrá…

Me contestó y cortó. Me di cuenta que no estaba cómodo y parecía solamente cumplir con la orden, pero no era su intención. Nunca nadie llamó después de esa comunicación. Entré corriendo al edificio del Congreso. Siempre había lío al ingreso porque no dejaban entrar a los familiares de pacientes. Me cargué algunos con la excusa de que eran asesores míos y pasamos rajando. Pedí ver a Canchi. Estaba, como siempre, rodeado de mujeres a un costado, por eso no lo lograba distinguir en el tumulto. Me llevó a una salita contigua, me calmó, me puso en centro y eje de nuevo, con un café y chistes de cualquier cosa. Me mimó el alma. Se fue a dar su palabra. Y luego hablaron los otros y finalmente fui y dije lo mío mirando a las decenas de organizaciones de derechos humanos y de familiares y pacientes que habían logrado ingresar. Mal o bien, todo ese movimiento fue eficaz, porque días después se aprobó la ley. Era el 25 de noviembre de 2010 y fue por unanimidad, de nuevo. 

Nos abrazamos de nuevo todos en la calle, eran cerca de 1,30 horas. La plaza Congreso estaba cargada de gente festejando. 

Ningún senador dijo que estaba mal la democracia de los equipos de salud mental, estimada. Ni uno solo. 

Siete días después la presidenta la promulgó, y fue festejada y reenviada a todo el mundo como la Ley más avanzada del mundo, por la OMS. Me tocó presentarla en varios eventos internacionales, a los que me convocaron. México, Perú, Panamá, España, Suiza, etc. El órgano de revisión, junto a la democratización de los equipos, la inclusión de un porcentaje (10%) del presupuesto sanitario para la SM y la inclusión de las adicciones, fueron los aspectos más valorados por expertos del continente. 

Al día siguiente, el 3 de diciembre de 2010, nos pusimos a pensar su implementación urgente, mediante dos medidas:

a) El diseño de un mecanismo participativo para redactar el decreto de reglamentación de la ley. 

b) La creación de un equipo interdisciplinario de inspecciones en el ámbito de la dirección a mi cargo, como primer proto-órgano de revisión.  

Respecto del primero creamos una comisión redactora basándonos en el viejo esquema de la Mesa Federal (de conformación intersectorial) y volvimos a recorrer el país en coloquios regionales, realizados durante todo el primer semestre de 2011. A nadie se le ocurrió hacen un ranking de profesiones. Nadie en todo el recorrido por las regiones del país planteó que había que privilegiar una profesión por sobre otra. 

Respecto al segundo punto, armamos un equipo de inspección con psiquiatras, médicos clínicos, abogados, psicólogos, antropólogos, enfermeros, trabajadores sociales y familiares de pacientes (elegidos por las mismas organizaciones). Fueron contratados, todos por igual, sin discriminación ni segmentación alguna (acá le tiro una punta sobre “el enigma” que motivaría mi nota). No hubo problema alguno en el funcionamiento de los mismos. Al contrario, como notará lógico, el ser todos iguales, los empoderó por igual y nada malo le pasó a los equipos. 

No me va a creer lo que pasó. Al momento de ir cerrando el texto del decreto que reglamentaba la ley, vuelven a aparecer los tipos de siempre y me traen nada menos que la redacción de un artículo reglamentario. Justamente era el del Organo de Revisión. Y sabe qué decía? Que los Organos de Revisión los deben dirigir los médicos. Ellos querían reservarse ese privilegio, ya que la ley los había democratizado al interior de los servicios. Ahí estaban, con su chequera abierta de nuevo, esta vez en mi oficina. Y no tenía a Canchi, que peleaba con un cáncer de hígado en su Rosario. Pero tenía antídoto. Otra vez me invadieron caras adustas, rostros sensibles y voces de lucha: los pacientes, mi familia, mis colegas, militantes de todas las estirpes por una salud mental participativa e igualitaria, las madres y las abuelas, que solían visitarnos y acostumbraban a invitarme a hablar en sus eventos, los HIJOS restituidos y los que aún buscamos, y recordé a mis viejos mandándome encomiendas para que me concentre en estudiar, para que me alimente mientras me apuraban a que me reciba, porque ya no se aguantaba la piojera. Los tipos me querían hacer millonario, porque sabían que era su última chance para quedar al frente de algo, algo no menor, para desde ahí socavar la ley. Porque no hay salud mental, sin democracia de los equipos. Y ellos lo saben.

Resistimos juntos todos esos embates y logramos una reglamentación colectivamente acordada y sin ninguna agachada. Ni una. Sabe lo que hice para que no “retocaran” la reglamentación… Cerramos la redacción e hicimos luego un acto protocolar: rubricamos todos un documento público, donde firmamos bajo decenas de testigos (la Mesa Federal…) el expediente y lo firmamos todos hoja por hoja. Quedó como lacrado. Nadie más lo pudo modificar. Y renuncié y me vine a vivir a Río Negro. Era el 10 de diciembre de 2011. Me iban a rajar lo mismo. AF se había ido de Senador. Por si “perdían” el expediente con el texto reglamentario mandé copias a los otros ministerios y a organismos de la sociedad civil. Solamente pudieron demorarlo. Pero no lo pudieron modificar. Recién en 2013 lo aprobaron. 

No me querían nada en las altas cumbres médicas. Me hicieron luego de mi partida, tres auditorías administrativas y contables completas. Les llevó todo el 2012. A la cuarta vez, el abogado administrativo de la asesoría legal del Ministerio de Salud ya se negó y ofreció su propia renuncia. Me avisó lo que pasaba, por gentileza y lealtad militante. Lo mandaron a alguna Siberia administrativa de otro organismo. Y me acusaron de principista. Así me dicen siempre. No se imagina de la cantidad de lugares que me rajaron por ser principista. Pero no de la Dirección Nacional, donde si bien es cierto que no me querían ni un poquito desde arriba, puede preguntar por mí a cualquiera de los más de 120 empleados, bajo mi coordinación en esa época. A ellos los cuidamos, todo lo que pudimos. Aún luego de irnos.  

No negociamos nunca la democracia de los equipos, tanto es así que en nuestros grupos interdisciplinarios de inspección (el proto-Órgano de Revisión que creamos el 3 de diciembre de 2010) participaban familiares de pacientes, los cuales eran temidos como nadie más. Un tal Yaría se presentó un día pidiendo que no vayan más los familiares a inspeccionar, porque –argumentaba- él podía conversar bien con los médicos, sus abogados hablaban con los nuestros, los psicólogos, igual con sus pares, los trabajadores sociales y antropólogos son más bravos, pero “con estos otros no se puede”. Los odiaba a los familiares; no eran conversables. No toleran la democracia de los equipos. Y tanto la ley como su reglamentación explicitan sin cesar ese valor, nodal, para una Salud Mental con enfoque de Derechos. 

Y el otro día veo su auspicioso llamado a Concurso, gran iniciativa, pero donde designa para el Órgano de Revisión provincial con cargo “de primera” al médico psiquiatra y con cargos “de segunda” para el resto de los profesionales. No he visto desaguisado más grande en estos diez años respecto a la conformación de un Órgano de Revisión. Disculpe que sea taxativo. He sido convocado en varias provincias y hasta de países vecinos para ayudar en su conformación o para capacitar equipos y a nadie se le había ocurrido algo así. 

Puede revisar todos los textos del Universo y zonas aledañas, sobre Organos de Revisión. No verá nada parecido. ¿De dónde sacaron esa idea?

Entiendo que estas líneas no son amigables. Comprendo de entrada que la presente me autoexcluye de aspirar al cargo; pero lo he pensado y, si bien entiendo que podría bien tener legítimas expectativas favorables para acceder legítimamente al mismo, aún así, se imagina que después de todo lo que he contado arriba, formar parte de un Órgano de Revisión provincial constituido con cargos de primera y de segunda, según la disciplina de origen, replicando el anticuado poder médico hegemónico? Es necesario a su funcionamiento hacer esa discriminación de cargos de primera y de segunda? Quiero ser parte de esa forma jerarquizada de entender el Organo? No. 

En los entornos comunitarios suele decirse cuando alguien discrimina a otro por alguna razón “estás para el INADI”… si éste funcionara como otrora, se podría aplicar a esta convocatoria del Concurso para integrar el Organo de Revisión. No me alimenta hacer cosas así, pues entiendo fundamental la existencia de tal instituto en la provincia, pero sí me interesa se sepa que esta forma de convocar a su conformación vulnera el principio nodal (junto a los otros dos principios: a) de derechos de los pacientes y b) la presunción de capacidad psíquica) de la democracia de los servicios y equipos, incluido claro está en el Organo de Revisión. 

Finalmente al parecer será en Río Negro (mi provincia natal, después de toda esta lucha colectiva de la que he sido parte), donde se cumplirá aquél anhelo de la retrógrada asociación psiquiátrica (en aquella ocasión, pretendidamente envaselinado con cheques propuestos por el laboratorio alemán), de hacer un ranking de profesiones en el Órgano de Revisión provincial, poniendo en la cúspide a la psiquiatría (al decir de ellos: “como debe ser”)-

Me quiero morir estimada, es increíble…. Es el famoso “casa de herrero, cuchillo de palo”. Qué desazón… 

Feliz siglo XIX!

Viva el Poder Médico Hegemónico!

Muerte a la Ley! Basta de democracia!

Encierro a los locos y mucha pasta para todos!

Saludos cordiales.