LA FELICIDAD: un ACTO de VINCULARIDAD

(Nota actual: EscribÍ este breve texto el 20/06/2017, lo actualizo un poco hoy por falta de inclusivos, pero lo preservo y ratifico en su contenido. Se los comparto en la idea de repensar el ideario neoliberal de la realización como un acto singular: la gran mentira!)

Hay personas que creen que la felicidad o su realización vital se alcanza en un acto único y personal. Creen que viajar, tener un titulo, una distinción, o bien xx -cualquiera sea – es todo lo que necesitan. Y están en algunos casos íntimamente enemistados con quienes buscan alcanzar su proyecto vital con otras personas, de a varios. Pero lo peor es cuando convencen a otros -en su circunstancial debilidad- sobre esa conveniencia de creer la fantasía de la SOLEDAD como herramienta para ser feliz. Le llaman erróneamente LIBERTAD. No.

Libre es quien disfruta la vida sin la necesidad de aislarse. Es libre porque está con otros a quienes elige, no huyendo de quienes le dañan, sino simplemente no eligiéndoles. Y se sostiene ahí. Ese umbral de elegir y renunciar… ahí está la libertad… en la elección, no en la huida.

Comodidades y narcisismos se constituyen en la trama central de quien cree ver la felicidad en el acto solitario de ser algo, sea lo que fuere.

Ser libre de estar en soledad es una gran mentira. Y la transmiten como la panacea de la felicidad. Como se mienten, también lo hacen ante los otros.

Se tarda por lo común un poco bastante en entender que no hay realización personal en el orden humano; es con la otredad y en esa compañía. Se trata de un acto vincular y vinculante. Hay algo del orden del reconocimiento recíproco que se vuelve fundante y fundamental para alcanzar la entidad del instante eterno. Requiere de la mirada cómplice, del abrazo laaaaaargo, del silencio co-emocionado.

A veces esa sabiduría que nos clarifica la realización como un acto vincular llega demasiado tarde. Ya se han hecho elecciones desafortunadas bajo el sueño inoculado de “lo que te conviene es“. La conveniencia personal es una frase en sí misma tramposa. Nada bueno sale de allí en términos de realización. Y siguen los decires de los que en la soledad buscan cobijo en otrxs solos o solas, pero por un mínimo tiempo limitado a sus intereses personales y coyunturales. Lo conveniente no es lo adecuado, pues no colectiviza al sujeto, sino que lo sumerge en su avatar más ególatra.

Cuando se percatan los empujados a “la panacea de la -falsa- libertad” no reculan ni reflexionan… podrían recapacitar, pero no … Por lo común se “deprimen“, se bajonean, se angustian y finalmente -como no lo pueden poner en palabras- se enferman. Están introyectando la culpa. Nada que no pueda resolver un buen análisis. Pero el costo del engaño es alto. El aprendizaje también. Nadie se salva, por la propia, aislándose. Tampoco se logra nada creyéndose el cuento de la soledad como sinónimo de libertad.

La felicidad es una utopía, claro está. Se la usa para caminar, como nos decía el difunto Eduardo Galeano. Ahí está la clave: no hay utopías personales. Como toda utopía, la felicidad es colectiva o no es. Cuando te quieren convencer o te convencieron de su -supuesto- modo singularizado y personal te meten el perro y te dejas engañar…

No busques más en tu singularidad (además, te va aburrir enseguida!), está en tu VINCULARIDAD ese instante de paz alegre y festiva donde se vivencia el “SENTIMIENTO OCEÁNICO” del que hablaba don Sagismundo. Y si. Es un instante o algunos/muchos discontinuados. Como conocer alguien que te deslumbra. Ver nacer un hijo o una hija. Verle creciendo, observar cómo descubre el mundo, lo crítica, lo quiere transformar. Percatarte de ser querid@ y cuidad@, incluso sin que se haga notar mucho. Un paisaje inconmensurable. Un viaje maravilloso en una ruta hasta entonces desconocida. Una infusión perfecta en un momento justo. Una reunión familiar o de amistades donde prima el amor fraterno y el compartir por compartir. Y así podríamos seguir. Esos momentos tienen una característica distintiva: son un a posteriori. En el momento no los ves como instantes felices, sólo los vivenciás. Después advienen en tanto tales, por resignificación. Es mucho después que concluís: “ahí, en ese momento, fui feliz“.

Busca en tu memoria esos instantes y notarás que siempre están otros y otras allí, compartiendo. Y si no están, verás que han dejado de ser perfectos momentos, justamente por las ausencias con quienes te hubiera gustado estar o que estén contigo… para qué? Justamente, para compartir ese instante eterno.

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