El neoliberalismo y la trampa mediopelista de la ilusión de pertenencia en las CRISIS: la cuerda que tensa “El estallido”

Diciembre 2022 – Yago Di Nella

El esquema neo-liberal requiere la implantación de un resorte regulador de la desigualdad que sostiene, promueve y reproduce. Se sostiene en la idea de que “vos” te podés salvar. ¿Quién es ese “vos”? Es todos, es cualquiera, porque en definitiva es una ilusión de pertenencia.

Cuando esa ilusión cae, adviene primero el desencanto, pero si no se hunde en la desesperanza “vos” pasa a otra fase: el reclamo, la queja. El neoliberalismo ya lo sabe y tiene preparado su antídoto. Se requiere entonces de la represión y el autoritarismo y su anterior discurso de “no intervención” -en lo social- se degrada finalmente en fascismo, cuando se cae su máscara de libertad. El discurso liberal se termina ahí, cuando se cuestión en orden dado. En efecto, el discurso de “dejemos jugar el juego” empieza como libertad-total y termina siendo “del Mercado”.

El valor a defender será LA PROPIEDAD. Eso sí, liberado. Pero donde se lo expone a la queja o el reclamo, adviene ahí mismo la autorización al más rancio fascismo.

El valor al que renuncia es la vida. Gente muere porque no tiene lo imprescindible para sobrevivir: alimento, agua, abrigo, techo. Pero no faltan esos componentes, simplemente el Estado no los distribuye como para que alcance para todos y todas. No faltan, no. No se distribuyen.

Ahora bien ¿Cómo se produce ese movimiento? ¿de qué extraño modo pasa que nuestras democracias terminan apoyando la propiedad por sobre la supervivencia? ¿Cómo es que “alguien-es”, un colectivo, entiende que deben morir algunos y algunas para que ese valor de la propiedad se preserve? La utopía que el neoliberalismo obliga a renunciar es la de la equidad, eje central del modelo democrático. Es así como el neoliberalismo termina por exigir el abandono de la Constitución Nacional, aunque lo haga un tanto implícitamente. No lo dice directamente y a secas. Utiliza múltimples eufemismos para hablar de esto. Le llama a esta renuncia CRISIS.

Las crisis en el neoliberalismo son siempre suspensión de las garantías constitucionales. Son Golpes de Estado del Mercado. El Estado se dispone a atacar a parte de su población, para cuidar las cosas (bienes) que pretendería apropiarse el desesperado, el que no consigue lo imprescindible para sobrevivir.

Entonces, finalmente, el votante pro-neoliberalismo termina por pedir que eliminen de su entorno al riesgo inmanente en los excluidos, desamparados del Estado y eliminables del Sistema de los integrados, apenas incluidos. Al inicio, parece funcionar, pero luego le estalla su propia granada-solución enfrente a sus ojos. Por poco tiempo parece ordenarse el mundo mediopelista, hasta que ellos mismos son expulsados por carecer ya de capacidad de consumo. Las crisis -se dirá- se los lleva puestos. Pero es un eufemismo, ya lo dijimos. Se trata en realidad del segundo movimiento de su Dios, el Mercado. Porque en las crisis neoliberales el mercado termina por excluir al medio-pelo, cuando su poder adquisitivo deja de ser un bien “rentable” y pasa a ser un problema más de distribución. Ahí es cuando lo entregan a su suerte. Al principio zafa, porque tiene el resto de años de bonanza, entonces va barrenando las olas de la crisis vendiendo autos, terrenos, muebles, y todo lo que denomina “reservas”. Pero el fin es ineludible. Ve cómo se acerca al mismo tacho de basura del sistema donde otrora pidió -reclamó- tiraran a los excluidos, en estadíos anteriores de la CRISIS.

En este punto exacto estamos, en el instante en el cual van a tirar a la basura del Sistema de Consumo al tilingo medio-pelo por ratón que ya no produce ni consume, nada. La recesión es el nombre que la economía le pone a la debacle consumista del medio-pelo.

Cuando esto ocurra, vendrán, en breve, las cacerolas, ese síntoma de la degradación de la protesta de quien sale de la cocina, en la que ya no tiene para poner nada en la olla (su olla), pero que renunciaría a golpearla, en el mismo instante en que lograra ese cometido personal y privado. No confíen nunca en el remanido slogan de “piquetes y cacerolas, la lucha es una sola” porque las ollas volverán a la cocina en cuanto afloje la presión a sus mentores, y dejarán caer al precipicio -de nuevo- a los otros excluidos, como lo hacen ahora.

Serán entonces los seres colectivos estigmatizados con el chori y el micro, las patas sucias y el plan, ellos, los únicos seres grupalizados y capaces de hacer algo distinto, de sorprender-nos.

Están juntando presión, como esas ollas (otras, no la cacerolas) que no avisan hasta que ya es tarde para frenar su proceso de descompresión. Nuestra historia es rica en la ocurrencia de este fenómeno. Ni los “Estado de Sitio” pueden con ese suceso iracundo, no se pudo frenar nunca EL ESTALLIDO, ni se podrá.

El estallido es el fin de la crisis. Es como se cierra el verso del “no hay para todos“. Si no hay para todos -dice el ser social del estallido-, no hay para nadie. El sujeto del neoliberalismo aquí retrocede, se retrotrae, se oculta, pero es pura estrategia. Acepta que debe ceder algo de la torta ,porque -dirá- “no da para más”. Esa frase alude a la extracción de ganancias, hace pie en la necesidad de repartir un poquito. Y entonces reaparece el Estado, se reorganiza como desvencijado institucionalismo pos-crisis, y se inicia el proceso de aplanamiento del reclamo colectivo mediante un cauto proceso de re-distribución de morfi, frazadas y chapas (simbólicamente hablando, pero no tanto). Eso que hasta el día anterior, ese mismo Estado decía que no tenia, ni había a disposición.

El Estallido es la demostración de dos procesos intersubjetivos: 1) que el neoliberalismo es un mal tolerado por el medio pelo en la idea de que no le llegará la crisis, que solo aquejaría al otro social, al eliminable sector excluido, pero 2) hasta que se entra en desesperación y revierte su postura, cuestionando los mismos valores que defendió como propios.

La psicología política nos enseña que esos procesos contienen fases y etapas ya reconocibles (de antemano) y que bien pueden ser establecidas como el decurso de una enfermedad, como un proceso mórbido, tal como lo estudiaban los médicos clínicos y psiquiatras del siglo XIX.

Usted puede ir viendo esto en forma expectante o en forma participante, ahí sí tiene un diferencial.

Pero las fases del proceso están ya demarcadas, estudiadas y establecidas. Lo único que aún no sabemos -nunca- es cuántas vidas cobrará (pero sí de quiénes -socialmente hablando- provendrán esas vidas perdidas) y resulta dificultoso establecer cuándo ocurrirá, esto es, cuál sería el disparador del pasaje de fase, en cada crisis y en cada estallido …

Ese disparador, de pasaje de fase, es el dilema. La cuerda se tensa y se tensa, pero no sabemos dónde y cuando se cortará. Como todo lo que acontece en un Mercado, es un cálculo de ganancias y de pérdidas. Pero claro que puede fallar, pues es un cálculo de probabilidades.

Los gobiernos juegan ese juego. Es ostensible ver como pulsan en el derrotero de las tensiones críticas, pensando que la cuerda aguantará. Pero llega el día que la pifian.

Así visto, el estallido es siempre un error de cálculo del gobernante. Y cuando se dan cuenta ya es tarde: ruedan cabezas. Pero ese gobernante es un representante del medio-pelo. Por eso cae, porque lo abandona su electorado salvacionista.

En cambio, no hay prácticamente abandonos-caídas de gobiernos que representan al sector de los nadies. Estos no abandonan. Cuando cae un gobierno popular es un Golpe de Mercado, nunca del Pueblo. El pueblo solo golpea cuando es traicionado. Al menos así es en nuestra patria grande latinoamericana. Pero esa es otra historia, a ser revisionada en otro ensayo reflexivo de psicología política.

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