Reducir lo mental a lo intrapsíquico conduce (más allá o más acá) a la indolencia, resultando en una falsa neutralidad que desconoce el contexto sociohistórico de producción del sufrimiento humano.
La implementación de la ley nacional de salud mental, requiere revisar este problema de la voluntad de neutralidad ideológica muy detenidamente.
El enfoque de derechos no es neutral.
La dimensión de la singularidad es inescindible de la dimensión de la vincularidad, de la institucionalidad que hace de entorno (O NO) y de la función de (EVENTUAL) sostén del Estado como garante de un sistema de acceso a derechos fundamentales.
Desdeñar, ocultar o minimizar esa complejidad multidimensional del fenómeno humano (y su padecimiento) debe ser entendido como NEGACION, en el sentido psicoanalítico del término. Simplifica lo humano, lo embrutece también, porque niega su multifactorialidad, denegando su carácter complejo.
Cuando el profesional opera reductivamente con una mirada asocial y ahistórica, descontextualizada y desvinculada del otro social que le trata con indiferencia, le contiene o le segrega, se transforma en un operador revictimizante. Reproduce el orden social que ubicó al sujeto en el lugar de padeciente, esto es, como representante del síntoma de su grupo de pertenencia y referencia.
Así, la negación del carácter social del ser humano se vuelve un componente más del esquema de control social acrítico de un sistema social desigual e inequitativo, que hace ver al padecimiento como un hecho ajeno a la relación con el entorno, ubicando el eje de la responsabilidad sola y exclusivamente en el sujeto. De este modo, se produce la confusión conceptual entre responsabilidad y culpa, pues en la eliminación del entorno está implícita la idea de un sujeto de la culpa de todo cuanto le ocurriera.
En suma, el discurso de la neutralidad, se funda en la negación meritocrática de los condicionantes sociales en la producción subjetiva. Aún asumiéndose y auto-observándose como un discurso progresista, resulta conservador al extremo pues niega que niega al sujeto en su contextualidad. Lo subsume en el eje de una responsabilidad sin realidad externa, pues solo se aboca restrictivamente a la interna: el aparato psíquico, lo inconsciente.
El discurso neutralista (he trabajado mucho esto en el libro “Dispositivos congelados“), en efecto, por encumbrado, coherente y sobrador que sea o se vea a sí, no cambia su profundo efecto conservador de las relaciones sociales tal como están dadas y establecidas por ese Orden. no busca modificar nada. Sólo aspira a que el sujeto las acepte y deje de padecerlas, tanto. Ese profesional por lo común integra el “medio pelo” que sueña con pertenecer a “la nobleza”, como si fuera perteneciente a la época del feudalismo. Añora ese dispositivo sectorial. Sueña con pertenecer al sector privilegiado de la sociedad de la cual busca diferenciarse en sus forma de expresión más populares y tradicionales. Por eso el neutralismo psicoanalítico pregnó tanto en Gran Bretaña, en una corriente que cultivó la neutralidad analítica atendiendo al reino inglés y su séquito de cortesanos.
Pero cómo hemos de pensar eso en un contexto marginal del plantea como en el cono sur sudamericano. Quien profesa el saber psi pretendiendo replicar esa ideología meritocrática del sujeto analítico europeo, poco a poco se vuelve una mente colonizada que añora lo que emana de un mundo lejano y -aparentemente- luminoso, al que no pertenece tampoco, pero busca visitar cada tanto, para tocar sus símbolos de poder colonial. En los años ’60 del siglo pasado se referenciaba con el mundo analítico inglés, pero vino luego en los ’70 el arrasamiento de la Dictadura, sobre el cual se instaló el ideal francés del sujeto supuesto saber. Claro que cada corriente ha hecho sus aportes, no estoy hablando de eso. No me vengan con esa zancadilla, porque es fácil de esquivar. No hablamos del aporte de la corriente, sino de su usufructo ideologizado tendiente a eliminar la dimensión social del ser humano en su contexto particular, éste, el de Sudamérica (entre los años 1997 y 2007 trabajé mucho este asunto, el cual terminó en un libro: ATERRADOS: Psicología de la Dictadura).

Contemplemos por ejemplo el hecho de la peculiaridad de nuestras democracias, atacadas e invadidas por sucesivos golpes cívico-eclesiástico-militares y luego, más acá, mediáticos-judiciales. ¿Podemos soslayar esto al momento de pensar al sujeto? ¿Acaso es eso posible? Pues bien, al menos lo intentan y eso ya es preocupante: soslayar la dimensión social del sujeto humano.
Fernando Ulloa siempre fue un tipo que se diferenció de esa gente. Y en esa pequeña resistencia personal fue adorable, constante, coherente, reflexivo y nos ha legado su semblante contemplativo, no violento, comprensivo y -a la vez- crítico, pues señalaba el límite, el punto de desacuerdo básico, como en la siguiente frase. ![]()

En un podcast reciente publicado el año pasado he analizado cómo el mito de la neutralidad psi incide en la falta de implementación de la ley nacional de salud mental.
Les dejo el link que ese episodio por si les interesara.
Episodio 21: EL MITO DE LA NEUTRALIDAD EN SALUD MENTAL.
En el episodio 21 de Lo Mental en la Salud Pública, Segunda Temporada, vamos a trabajar, histórica y conceptualmente, sobre un mito que se vincula con lo que venimos abordando en anteriores podcast, es el de la neutralidad en la salud mental.
