SOBRE LA PSICOTERAPIA DEL TRABAJADOR PSI Y SUS LIMITACIONES

Las personas que se dedican a trabajar en el ámbito de LO MENTAL en lugares pequeños, ciudades con funcionamiento de “pueblo”, donde casi todos y todas se conocen (o podrían hacerlo), donde el mundo adulto es acotado a dos o tres lugares posibles de salidas nocturnas, los espacios culturales son pocos y muy esquemáticos, los colegios o asociaciones de profesionales del ámbito son contados, se conocen, tienen un único espacio de formación o dos, etc. , en mi humilde opinión, debieran pensar seriamente en buscar que su espacio terapéutico propio (y de supervisiones o seguimientos de programas, servicios e instituciones) se efectivicen con especialistas de afuera de ese entorno vital.

Esas actividades debieran hacerse con colegas de otros parajes, alejados, e incluso desconocedores de ese microclima del pueblo o ciudad, de manera virtual.

En casi todo el interior del país (salvo, quizá, en algunos lugares donde hay alguna Universidad Nacional con carreras afines muy numerosas, como Córdoba, Rosario, Tucumán o La Plata) los ámbitos psi son pequeños, mientras que las posibilidades de intersección, entrecruzamientos (o -directamente- conflicto de intereses) son muy altas. Entonces… ¿Para qué exponerse? ¿Acaso es necesario o imprescindible? Quizá lo sea para las personas que les resulta -por alguna razón- insostenible lo virtual y requiere el “cara a cara” como opción única e irremplazable.

Excluyendo estos casos, que en mi experiencia son muy pocos y excepcionales y extraordinarios, puede un psi atender su padecimiento o hacer un trabajo de revisión de su propia praxis desde un espacio sostenido virtualmente. Sobre todo, gracias a la actual tecnología de comunicación audiovisual inmediata, este espacio psi previene situaciones incómodas a evitar, comunes en pequeños espacios colectivos y que impiden, quizá, que ese sujeto pueda “soltar todo”.

En el espacio virtual con un profesional que está en total ajenidad del vecindario o poblado donde opera y participa activamente el sujeto, es infactible que lo que se diga pudiera intervenir de alguna manera, o sea, que tuviera otra consecuencia que no fuera la de ser material discursivo de enunciación en el marco del propio espacio.

Sé que me dirán que para eso está hace un centenar de años el tema del secreto profesional y el principio de confidencialidad. Muy bien, lo incorporo al análisis. Pero sepamos también que se suele romper y ocurre frecuentemente- en cada reunión de pares, en cada asado, fiesta o salida donde hay un exagerado pasaje por el consumo de alcohol en el psi, en cada charla de pareja/s o amante/s, en cada encuentro (formal o informal) de colegas, en cada reunión de equipo, en cada supervisión.

Si esos espacios tienen un formato de encuentro remoto con alguien de otro entorno absolutamente alejado esa posibilidad es absolutamente improbable, pues cambia sustancialmente el escenario y la actividad. Está en otra dimensión, no de la confidencia sino de la misma espacio-temporalidad dada por el encuentro entre un sujeto que enuncia y un psi que trabaja desde un ámbito y geolocalización por entero diversa. Por decirlo así: si un colega supervisa tareas desde el NOA a alguien que trabaja en la Patagonia, y viceversa, es poco o casi imposible que exista algún entrecruzamiento o conflicto de intereses que pueda operar en ese encuentro. Pero si el sujeto psi que necesita su espacio terapéutico va al propio Colegio de psi de su pueblo, es altamente probable que esto ocasione inconvenientes de algún tipo, por ejemplo, en su eventual participación en el mismo organismo, que por lo común tienen algunas decenas o inclusive menos participantes activos. Lo más probable es que su organismo profesional lo encuentre en el mismo lugar y espacio con su terapeuta, que hablen de este o esta, que surjan opiniones, circunstancias y vicisitudes al respecto, casi permanentemente. Venimos de una época pre-tecnológica donde no quedaba más opción. Si vivías en esa ciudad, lo máximo que podías hacer era ir hacia la de al lado.

Recuerdo que en mi época de estudiante en La Plata allá por los años ’90 se procuraba ir a a Buenos Aires para justamente salir del micromundo platense. Algunos rosarinos solían hacer lo mismo. Algunos porteños esperaban la llegada de algunos analistas europeos. De Tucumán supe que muchos viajaban quincenalmente a Córdoba o a Rosario. Pero acaso, y repito la pregunta, ¿es hoy eso necesario?¿Un psi debiera entonces pensar en hacer su proceso terapéutico en su pueblo, cuando éste no le brinda garantías, dada la escueta cantidad de profesionales y -menos aún- de ámbitos de desarrollo profesional y cultural?

En los últimos meses, sobre todo desde el retorno a la normalidad post-pandemia, me ronda este asunto y quería compartir con ustedes esta observación, luego de detectar muchos inconvenientes, circunstancias incluso penosas, acciones deliberadas de escape a situaciones embarazosas, interrupciones de tratamientos por alguna de las razones arriba expuestas.

Tengo la impresión que se viene una nueva época en este menester y que debemos pensar seriamente en este asunto.

Escucho sus comentarios.

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