En mi humilde opinión, el ejercicio de función terapéutica se desarrolla con plena libertad cuando no implica (poner en riesgo) el sustento económico del psi que opera o interviene. Esto no implica desconocer el lugar que ocupa el esfuerzo monetario (o algún análogo), porque no habla del sujeto, sino de la escucha (y su misión). Lo diré de otro modo: El terapeuta desesperado por sobrevivir (como gran parte de la población en momentos neoliberales de “misiadura”) no puede sino preocuparse por sostener al paciente en esa entidad, que siga, que no se vaya ni abandone. Una buena co-(super)visión puede clarificar, presentificar, resignificar, o hasta invitar a (per)elaborar, si si, de acuerdo. Pero el problema subsiste.
Estos son temas que suelen ser callados, o incluso acallados. No debe ser un tabú, pero bueno, en general, la universidad alardea de lo que carece, como suele ocurrir a las personas narcisistas. El narcisismo universitario es el gran mal de la transmisión académica, su pus, su infección.
Por eso, a diferencia de la medicina, el derecho, la ingeniería y muchos etc., en psicología no se habla prácticamente de esta dimensión, salvo la repetición a coro de las dos o tres citas freudianas, muy pertinentes, no lo niego, pero focalizadas en la función del dinero para el sujeto en análisis, y sobre todo, observaciones situadas a inicios del siglo XX.
Les dejo esta breve reflexión y aguardo vuestros comentarios…

