Lo mental no es lo intrapsíquico

Reducir lo mental a lo intrapsíquico conduce (más allá o más acá) a la indolencia, resultando en una falsa neutralidad que desconoce el contexto sociohistórico de producción del sufrimiento humano. La dimensión de la singularidad es inescindible de la dimensión de la vincularidad, de la institucionalidad que hace de entorno (O NO) y de la función de (EVENTUAL) sostén del Estado como garante de un sistema de acceso a derechos fundamentales.

Desdeñar, ocultar o minimizar esa complejidad multidimensional del fenómeno humano (y su padecimiento) debe ser entendido como NEGACION en el sentido psicoanalítico del término. Simplifica lo humano porque niega su multifactorialidad , su complejidad.

Cuando el profesional opera reductivamente con una mirada asocial y ahistórica, descontextualizada y desvinculada del otro social que le contiene o segrega, se transforma en un operador revictimizante. Reproduce el orden social que ubicó al sujeto en el lugar de padeciente, esto es, como representante del síntoma de su grupo de pertenencia y referencia. Así, se vuelve un componente más del esquema de control social acrítico de un sistema social desigual e inequitativo. Y su discurso neutralista, por encumbrado, coherente y sobrador que sea, no cambia su profundo efecto conservador de las relaciones sociales tal como están dadas y establecidas por ese Orden.

Ese profesional integra el “medio pelo” que sueña con pertenecer a la nobleza, como si fuera perteneciente a la época del feudalismo. Añora ese dispositivo y sueña con pertenecer al sector privilegiado de la sociedad de la cual busca diferenciarse en sus formas de expresión más populares y tradicionales. Poco a poco se vuelve una mente colonizada que añora lo que emana de un mundo lejano y luminoso, al que no pertenece tampoco pero busca visitar cada tanto, para tocar sus símbolos de poder colonial.

Fernando Ulloa siempre fue un tipo que se diferenció de esa gente. Y en esa pequeña resistencia personal fue adorable, constante, coherente, reflexivo y nos ha legado su semblante contemplativo no violento, pero que -a la vez- señalaba el límite, el punto de desacuerdo básico, como en la siguiente frase:

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