Desde el 1900 sabemos que trabajar sobre el yo es como poner un pañito frío en la frente del afiebrado. Un paliativo. La fiebre seguirá, porque no es una cura. A lo sumo, es darle tiempo al cuerpo para resistir el embate de la infección. Nada más.
Sabemos desde entonces que es la razón por la cual la psicología norteamericana de inicios del siglo XX fundó una “Psicología del yo”, porque no les interesaba la salud mental (tal como hoy la define la OMS), sino sostener productivamente a su población. No querían ahondar bajo el agua de ese iceberg freudiano de la imagen. Chapa y pintura, y a laburar. Además lleva tiempo y esfuerzo ir a lo más profundo, a la infección. Apliquemos un trapito frío en la frente y listo. Acaso, además, ahondar en las causas del malestar implica dolor que se pretende evitable. Quizá. También es cierto que seguirá ahí, operativo, porque el paño frío no le interviene.
En la posguerra, desde mediados del siglo XX en adelante, surgieron copiosamente las filosofías de la realización del yo, una suerte de golpe de magia casi sienpre con la misma promesa: la de solucionar todo el malestar con el simple acto de voluntad de amarse a sí. Se vende un plan facilongo: alcanzar la estabilidad perdida, ocupando el tiempo en atender el yo, satisfacerlo casi que desentendiéndose del mundo exterior. Una falaz forma de entender el iceberg freudiano, recortado, como si fuera sólo lo que flota arriba de la línea de agua.
Surgen entonces las prácticas de apoyo al yo, consejerías, coucheos y apoyaturas de origenes orientales (sentadas éstas en el nutrimento del ser en el quehacer comunitario) pero occidentalizadas por las filosofías del “tener”, propias del exitismo neoliberal de la posesión. Qué puede salir mal de esa torsión del ser (oriental) por el tener (occidental)?
Esas prácticas pretendidamente terapéuticas prometen:
Apoyo, sanación, prontitud, e inclusive a veces la innecesariedad del otro, pues la realización estaría dentro de sí. Se suma a ello la promesa de superación del pasado por la simple voluntad (soltar, olvidar, seguir adelante, bla bla bla) y otros mitológicos teoremas sin sustrato alguno, desde el punto de vista del funcionamiento de la mente humana.
A ningún profesional de la salud mental bien formado se le ocurriría prometer sanación. Acá no solo es usual, sino prácticamente el sustrato y estructura del mandato.
Ese imaginario del ser humano como ente individual resiliente (otro concepto muy muy engañoso, del que me he ocupado, por su carga ideológica y su engañoso mandato de salvación personal), centrado en la conciencia y en la voluntad, como centro de la misma, es EL GRAN ENGAÑO, ya planteado por Freud, nada menos que hace 120 años.
Sin embargo, se sigue negando ese descubrimiento (porque es un golpe al narcisismo, decía él) y se siguen mandando al matadero de las chapucerías a miles de personas.
Estoy escribiendo en estos días sobre esto, la pseudo-psicología paliativa, o si se quiere, las terapias chapuceras, ese pañito frío en la frente del enfermo afiebrado, que se aplica en la superficie de la mente del padeciente.