GRUPALIDADES HOY… ¿POR QUÉ?

GRUPALIDADES

Introducción al quehacer grupal en contextos críticos de aislamiento relacional y malestar social

(Consideraciones técnicas psicoafectivas actuales e iniciáticas en la era de las redes virtuales)

Las actuales formas del padecimiento tienen como efecto común el crecimiento del aislamiento relacional, la pérdida de vincularidad y las crisis ansiógenas de sinnúmero de personas que se desafilian de su entorno vital. Esto produce, entre otras consecuencias psíquicas y psicosociales, la proliferación de trastornos psicoafectivos donde resultan preponderantes los síntomas disociativos, las conductas antisociales, el auto-encierro y la a-socialidad, el padecimiento distímico y la abulia, entre otros.

Afloran implosiones y/o explosiones según las características de cada sujeto en cuestión, cual si fueran relatos salvajes, en diversas formas de expresión, sean impulsiones, actitudes o comportamientos que aparecen luciendo como como sorpresivos, prácticamente sin anuncio, prevención posible, ni explicación a mano.

Sin duda, aún estamos evaluando las perniciosas consecuencias en la subjetividad de la incorporación las tecnologías de la imagen y el video de uso personal. Sólo se han evaluado las ventajas. Quizá así sea, pues los efectos dañinos y tensionantes en la subjetividad son más de mediano y largo plazo, en cambio las ventajas se observan de inmediato. Pero sin duda hay una disrupción funcional fundamental en el funcionamiento humano, sobre todo en los grandes centros urbanos. Esto pudo observarse con mayor preeminencia en la Pandemia mundial e inmediatamente después del encierro forzado en los hogares.

El ser humano -ahora- media sus sentires predominantemente con aparatos. Este proceso lleva sólo un par de decenios. Sus resultados están apenas emergiendo mediante sintomatizaciones iniciales, en términos epidemiológicos. Sin embargo, su profundidad es inapelable y sus efectos inundantes, invasivos, decisivamente perturbadores. El acceso a múltiples formas de violencia, sujeción, pornografía y otras maneras de invasividad subjetiva enfrenta a los adultos a un dilema sobre su uso infantil, pero expone a estos últimos a una sobrecarga (de información, deformante, virulenta y disruptiva) muy difícil -cuando no imposible- de tramitar.

Por otra parte, cuando el neoliberalismo convence de una realización “personal” como fin último de llegada a una cierta y calma felicidad, es que ha inoculado su virus letal. Las ideologías de salvación personal es el opio subjetivo vigente, imperante. Esta suerte de fábula de la realización narcisista se sostiene y autojustifica a través del exitismo del individualismo burgués. Esa deformación conduce a vínculos instrumentales, escasos de la afectividad propia del encuentro con lo fraterno, que nutre de ternura todo encuentro intersubjetivo y lo dota de empatía y comprensión. En ausencia de esta trama humanizante del otro semejante, florecen experiencias de uso, cual si fueran objetos simples e impersonales de consumo. Consumir al otro reemplaza a estar en y con el otro.

En ese contexto, se exacerban e idealizan las acciones egocentristas, hedonistas y de mera autosatisfacción personalista. Pero no es inocuo, ni gratuito. Como sabemos, todo producido o generado en “lo solitario”, donde no regula la mediatización vincular, conduce más tarde o más temprano a la enfermedad (en su sentido etimológico in-firme, in-seguro). ¿Por qué ocurre esto? Porque somos seres vinculares.

Ese padecimiento por a-vincularidad se expresa en diversos modos posibles. Puede ser de camino al cuerpo o mediante sintomatología de expresión comportamental, pero siempre en términos de afecciones psicopatológicas, que se han dado en llamar trastornos. En ocasiones, toma formas de expresión explosiva en diversos modos de la agresividad hacia el entorno y en otras busca su descarga implosiva, mediante psicosomatizaciones, autolesiones o daños hacia el interior del propio sujeto. En uno o en otro caso, retorna, como ocurriría con cualquier otro malestar subjetivo propio del siglo del psicoanálisis, el siglo XX.

Desde el punto de vista etario es en la pubertad/adolescencia y en la vejez donde estos fenómenos se expresan preponderantemente, esto es, donde los trastornos vinculados a la soledad, el aislamiento y la falta de canalización de las ansiedades se expresan con mayor preeminencia, invasividad y profundidad. Sin embargo, es dable esperar el fenómeno descripto en todas las edades y etapas de la vida.

Es preciso entonces reflexionar y revisar los dispositivos de intervención, pues no estamos sino ante la aparición de toda una suerte de padecimientos que se enraízan en la avincularidad, la falta de espacios relacionales psicoafectivos fecundos donde las personas puedan volcar sus sentipensares, compartir, contener, acompañar, disentir (sin rupturas), responsabilizarse afectivamente e intercambiar cooperativamente. Estamos hablando de espacios de ternura, empatía y solidaridad.

En efecto, el pensar es un asunto de varios y la reflexión es algo más, mucho más, cuando es un acto grupal compartido. En este sentido, resulta fundamental retomar enseñanzas y experiencias grupalistas capaces de complejizar los tradicionales dispositivos individuales del uno a uno. Justamente, no hablamos de reemplazo, de sustitución, sino de complejización, de articulación, de multiplicación de espacios de expresión, pero a sabiendas de algo sustancial: el espacio grupal reflexivo no tiene sustituto operacional.

Cuando las personas no se grupalizan, sus psiquis se empobrecen indefectiblemente, sus pensamientos se acotan a lo propio conocido (eso que llamamos usualmente “pre-juicios”), sus afectividades se vuelven hacia sí por inexpresivas o por inexpresables, sus capacidades vinculares se deshilachan, las facultades mentales (pensamiento, memoria, percepción) se atrofian. Las defensas del sujeto se vuelven endebles, rígidas y se van primarizando con el paso del tiempo en la soledad del propio rumiar-pensante.

Desde este marco conceptual y contextual es que decidimos iniciar la presente revisión epístemo-metodológica del dispositivo grupal, no como una vuelta al “grupismo”, sino justamente escapando a esto que hemos definido como el fenómeno de “los dispositivos congelados[1]. Repensar estas problemáticas de salud mental contemporánea implica entonces revisar los dispositivos de abordaje para con estas nuevas formas de expresión del padecimiento psíquico y sus manifestaciones psicosociales.

A nuevos problemas, nuevas respuestas, pensadas colectivamente, en forma flexible, pro-expresiva, mediante respuestas metodológicas que multipliquen los espacios psicoafectivos de expresión de la persona, en tiempos donde no abundan sino las imágenes prefijadas y prefiguradas por el aparato (sea la TV, la pantalla de la PC, la Tablet o e teléfono celular).

Esa pasividad (y sus consecuencias psíquicas y psicovinculares) en la cual las personas quedan presas constituyen la centralidad de la subjetividad actual: un ser humano, en soledad, frente a una pantalla, es nuestro sujeto de época. Es sin dudas el principal desafío que enfrentará la humanidad en los próximos decenios. En este punto de inflexión es que surge la presente propuesta.


[1] Di Nella, Yago: Dispositivos Congelados. Koyatun editorial. Bs. As. 2011.

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